Sabrina Gasem es veterinaria, investigadora posdoctoral y madre de dos hijos. Nacida en Argelia y formada profesionalmente en Argelia y en España, ha sabido encontrar un lugar entre dos culturas, sin renunciar a su identidad ni a su vocación científica.
En esta entrevista nos habla de su trayectoria con la naturalidad de quien ha aprendido que “sin raíces no hay ramas, y sin ramas no hay sombra”. Su historia es un testimonio de coraje, sensibilidad y lucidez.
¿Por qué la educación y la formación son importantes en tu familia, especialmente para las mujeres?

Mi madre es dentista, y estudió durante la guerra de independencia en Argelia, cuando ser mujer y querer estudiar era poco menos que un acto de rebeldía. Ella siempre decía: “La pluma es más fuerte que la espada”. En casa, el Estudiar era casi sagrado. Nos repetía que la educación era lo único que nadie podía quitarnos, ni un marido, ni el Estado, ni la vida. Recuerdo que cuando sacábamos buenas notas, hacía cuscús con pasas —porque decía que “el saber merece dulce”—. Era su forma de celebrarlo.
¿Quiénes han sido tus referentes femeninos?

Mi madre, sin duda. Su historia es como una de esas mujeres de las novelas de Yasmina Khadra: luchadora, silenciosa, resistente. Las demás mujeres de mi entorno, especialmente las mayores, no tuvieron la oportunidad de estudiar. Eso me marcó profundamente. Siempre pensé: “Yo estudiaré por mí… y por ellas también”. Mi madre solía decir un proverbio: “La que se educa, siembra para tres generaciones”. Y ahora que tengo hijos, lo entiendo aún más.
¿Por qué elegiste la carrera de Veterinaria?

Fue un giro inesperado. Yo quería estudiar Medicina, pero me faltó medio punto en el bacalaureato, y en Argelia la nota es lo que define tu destino. Me asignaron Veterinaria, que al principio no entendía bien. Me decía: “¿Voy a curar vacas?”. Pero cuando empecé las prácticas y vi lo que es trabajar con animales, sentí un clic. Como me gusta decir: “Los animales no hablan, pero te lo dicen todo”. Y ahí supe que ese era mi camino.

Una vez, durante unas prácticas en una granja, ayudé a parir a una vaca. Nunca había sentido tanta emoción y miedo al mismo tiempo. Cuando todo salió bien, lloré. Un granjero me dio una palmadita en el hombro y me dijo en tono de broma: “Maktoub —estaba escrito—, tú naciste para esto, hija”. Tenía razón.
¿Qué te llevó a seguir con un máster, un doctorado y ahora un posdoctorado?

La curiosidad. Me encanta investigar. En la ciencia, como en la vida, nunca sabes lo que va a pasar. Puedes pasarte semanas con resultados que no tienen sentido y, de repente, una prueba sale distinta y todo cobra forma. Mi laboratorio es mi refugio. Como decimos en Argelia: “Quien busca en la tierra encuentra agua; quien busca en la mente, encuentra luz”.

¿Qué es lo que más te sorprendió del sistema universitario español?
La cercanía. En España, los profesores son accesibles, humanos. Me impactó que los estudiantes pudieran llamarles por su nombre, escribirles por WhatsApp, tomar café juntos. En Argelia, hay una jerarquía muy rígida. Al profesor le llamas “Doctor”, y muchas veces ni sabes cómo se llama. Esta horizontalidad me ayudó mucho. Me sentí vista, escuchada.
Un día, me acerqué a una profesora para pedirle ayuda con una técnica de laboratorio. Ella no solo me explicó, sino que me invitó a colaborar con ella en su proyecto. Me dijo: “Sabrina, aquí quien quiere, puede. Y tú puedes”. Esa frase no la olvidaré nunca.

¿Qué te gusta más de España y qué oportunidades has encontrado aquí?
España me ha dado la oportunidad de ser yo misma. Me gusta el clima, el sol, el carácter alegre de la gente. Pero sobre todo, me gusta que aquí se valoran las capacidades más que los orígenes. Nunca me he sentido excluida. Las becas, las oportunidades… todo estaba también disponible para mí. Como dice el refrán español:
“Donde fueres, haz lo que vieres”, y yo me adapté sin perder mis raíces.
¿Cómo compararías tu experiencia académica y laboral entre Argelia, Arabia Saudí y España?

Trabajé como profesora universitaria en Arabia Saudí. Fue una experiencia culturalmente muy distinta. Las normas eran muy estrictas, incluso entre mujeres. Había mucho control, poca autonomía. En Argelia no he tenido la ocasión de trabajar todavía, pero sé que para una mujer, abrirse camino en ciertos sectores es muy difícil.
España me ha ofrecido otro modelo. Aquí hay respeto, espacio para crecer, y un entorno científico donde puedo aportar sin sentirme invisible. Como dicen en mi país: “La flor florece donde se le da tierra y agua, no donde se le exige sin dar nada”.
¿Se sorprenden en Argelia u otros países árabes al ver a una mujer veterinaria trabajando con animales de granja?

Muchísimo. En Argelia, la mayoría de las veterinarias trabajan en clínicas urbanas con gatos y perros. El trabajo de campo —con vacas, caballos, camellos— está muy masculinizado. Una vez, en una feria ganadera, un hombre me miró y dijo: “¿Una mujer aquí? Esto no es lugar para ti”. Me sonreí y respondí: “Pues aquí estoy, y no solo mirando”. Desde entonces, me saluda con respeto cada vez que nos cruzamos.
¿Cómo compaginas la maternidad con tu carrera como investigadora y veterinaria?

Con paciencia y mucha pasión. Ser madre fue una elección consciente. Mis hijos son mi alegría diaria. Pero no he renunciado a mi vocación por ellos, al contrario. Quiero que crezcan viendo a una madre que ama lo que hace. Me encanta estar en el campo por la mañana y en el laboratorio por la tarde. Como dice el refrán: “Mujer que quiere, puede; mujer que puede, transforma”.
¿Qué consejo le darías a una chica que está pensando en estudiar Veterinaria?
Que lo haga con el corazón. Veterinaria no es solo cuidar animales. Es una puerta a muchas salidas: investigación, salud pública, educación, cooperación internacional… Es una carrera viva, multidisciplinar, que nunca aburre. Mi consejo es: “No dejes que nadie te diga qué puedes o no puedes hacer. Lo imposible solo tarda un poco más”.

¿Por qué es tan importante para ti que la mujer sea económicamente independiente?
Porque la independencia económica es el primer paso hacia la libertad. En Argelia, si una mujer no trabaja, muchas veces queda a merced del hombre. Y aunque suene duro, la realidad es que el machismo cotidiano puede ser opresivo. Recuerdo a una vecina que decía: “A la mujer que no gana su pan, le dan migajas”. Yo decidí desde muy joven que no iba a depender de nadie. Estudiar y trabajar no eran solo metas, eran una necesidad vital.
La historia de Sabrina es la de muchas mujeres magrebíes que, cruzando fronteras físicas y simbólicas, han transformado su destino a través del conocimiento. Desde las aulas de Argelia hasta los laboratorios españoles, su testimonio demuestra que la ciencia también se escribe en femenino, con voz clara, con convicción, y con ternura. Como diría su madre: “La educación no cambia solo a una mujer. Cambia todo lo que esa mujer toca.”