No podemos mirar hacia otro lado cuando a millones de niñas se les prohíbe aprender. No es una cuestión lejana ni ajena: es una cuestión de derechos humanos. Batol Gholami, mujer afgana refugiada en España, nos recuerda que la educación de las mujeres afganas no es un privilegio cultural, sino un derecho básico que hoy está siendo sistemáticamente negado. Mientras haya niñas castigadas por aprender y mujeres forzadas al exilio por pensar, educarse o alzar la voz, la igualdad seguirá siendo una tarea pendiente. Y no es lejana. Es global. Es política. Y también es nuestra.

چراغی که به خانه رواست، به مسجد حرام نیست
Cherâghi ke be khâne ravâst, be masjed harâm nist
La luz que ilumina tu casa también puede iluminar el mundo.

Batol Gholami, activista afgana por los derechos de las mujeres

Desde Madrid, Batol trabaja para que la educación siga siendo una forma de resistencia frente al silencio impuesto por el régimen talibán. Nació en el norte de Afganistán, en un país atravesado por la guerra y por una desigualdad estructural que condiciona la vida de las mujeres desde la infancia. Ser niña implicaba aprender pronto a renunciar.

Gracias a una beca, estudió Ciencias de la Computación en CIIT Lahore (Pakistán). Esa formación técnica se convirtió en una herramienta política: comprender que el conocimiento, combinado con empatía y organización, puede cambiar realidades.

Tras la llegada de los talibanes al poder en agosto de 2021, Batol no pudo regresar a Afganistán. Hoy vive en Madrid, desde donde defiende activamente la educación de las mujeres afganas y el derecho de las niñas a decidir su futuro.

Mujeres afganas bajo el régimen talibán: cuando estudiar se convierte en delito

Desde 2021, las mujeres afganas han sido expulsadas de la educación secundaria y universitaria, del trabajo y del espacio público. No se trata de una consecuencia colateral del conflicto, sino de una política deliberada de exclusión.

Batol lo nombra con claridad: apartheid de género. Un sistema que busca borrar a las mujeres del presente y del futuro del país. Frente a ello, la educación se convierte en un acto profundamente político.

¿Quién es Batol Gholami?


Soy una mujer del norte de Afganistán y actualmente vivo en Madrid, España. Mi recorrido combina el aprendizaje técnico con una profunda vocación humanitaria. Estudié Ciencias de la Computación en CIIT Lahore, lo que sentó las bases de mis competencias técnicas. He trabajado como diseñadora UX/UI, gestora de programas y líder comunitaria. Estas experiencias me han enseñado que la tecnología, cuando se une a la empatía y a un trabajo organizado, puede tender puentes y crear cambios duraderos.

El norte de Afganistán es una región culturalmente diversa que, antes de 2021, contaba con mayores niveles de escolarización femenina. Tras el regreso del régimen talibán, esta zona ha sufrido una restricción severa de los derechos de mujeres y niñas, especialmente en educación, trabajo y libertad de movimiento.

¿Cómo era tu vida antes de agosto de 2021?

No era una vida perfecta, pero tenía derechos. Podía estudiar, viajar sola y caminar libremente por su ciudad. Antes de 2021, muchas mujeres podían caminar solas por sus ciudades, desplazarse para estudiar o trabajar y participar en actividades comunitarias. No era una libertad absoluta —la seguridad dependía del contexto local y de la familia—, pero existía. Las mujeres estaban visibles en mercados, oficinas, universidades, ONG y medios de comunicación locales.

En el norte de Afganistán, las mujeres trabajaban como docentes, médicas, funcionarias, periodistas, activistas y empleadas de organizaciones humanitarias. Algunas ocupaban cargos en administraciones locales o colaboraban con proyectos internacionales. Para muchas, el trabajo no era solo una fuente de ingresos, sino una forma de dignidad e independencia.

Formalmente, las mujeres tenían derecho a estudiar, trabajar, votar y presentarse a elecciones. La aplicación de estos derechos no siempre era uniforme ni justa, pero el marco legal existía y permitía reclamar, resistir y avanzar. Había organizaciones de mujeres, redes feministas locales y espacios de debate.

¿Por qué tuviste que huir de Afganistán? ¿Cómo llegaste a España?

Después de graduarme en la universidad, la situación en Afganistán cambió de forma radical. Con el regreso de los talibanes al poder en agosto de 2021, las oportunidades para las mujeres desaparecieron casi por completo. No solo era imposible continuar con mi formación o trabajar con libertad, sino que regresar al país suponía un riesgo real para mi seguridad y para mi futuro como mujer independiente.

Durante meses viví en una situación de profunda incertidumbre. Como muchas jóvenes afganas, quedé atrapada fuera de mi país, sin posibilidad de volver y sin saber si encontraría un lugar seguro donde rehacer mi vida. En ese tiempo, el miedo se mezclaba con la frustración de ver cómo millones de mujeres y niñas eran privadas de sus derechos más básicos, especialmente el derecho a la educación.

Tras casi un año de espera, recibí un visado humanitario de España, una oportunidad que marcó un antes y un después. Llegar a España significó seguridad, pero también empezar desde cero: aprender un nuevo idioma, adaptarme a otra cultura y reconstruir mi proyecto vital lejos de casa. Aun así, nunca dejé atrás mi compromiso con Afganistán. El exilio no apagó mi lucha; la transformó.

¿Qué te gusta de España y de las personas que viven aquí?

Me he encontrado con personas amables, solidarias y profundamente comprometidas con la defensa de los derechos humanos. He sentido apoyo, escucha y respeto, algo fundamental cuando vienes de un contexto marcado por la pérdida y el exilio. España me ha ofrecido seguridad y la posibilidad de empezar de nuevo cuando regresar a mi país ya no era una opción.

Al mismo tiempo, creo que el compromiso no puede quedarse solo en la empatía individual. Necesitamos más acciones colectivas, más implicación social y un apoyo firme y sostenido a las mujeres afganas. La solidaridad es poderosa cuando se transforma en políticas, educación, presión internacional y acompañamiento real. España tiene el potencial de ser no solo un país de acogida, sino también una voz activa en la defensa global de los derechos de las mujeres.

¿Qué apoyo pueden ofrecer las sociedades feministas españolas a las mujeres afganas?


Las mujeres deben tener voz propia, ser independientes y formar parte de quienes toman decisiones sobre su propio futuro. Porque son un derecho básico, una necesidad y también un sueño. Estudiar nos permite conocernos, entender nuestros derechos, tomar nuestras propias decisiones y construir nuestro futuro.

El apoyo puede darse de muchas formas y en distintos niveles. El periodismo es clave para seguir contando lo que ocurre en Afganistán y evitar que la situación de las mujeres caiga en el olvido. La incidencia política y la presión internacional son igualmente necesarias para exigir responsabilidades, sanciones y compromisos reales frente a quienes vulneran los derechos humanos.

También es fundamental apoyar la educación de las niñas y jóvenes afganas, ya sea a través de programas de aprendizaje online, becas académicas, colaboración con universidades o redes de apoyo educativo desde el exilio. La sensibilización social ayuda a crear una conciencia colectiva que transforme la solidaridad en acción sostenida. Todas las acciones cuentan, desde lo individual hasta lo institucional. Acompañar a las mujeres afganas no es solo un gesto de apoyo, es una forma de defender los derechos de todas.

Cuéntanos sobre tu asociación


AYLA (Afghanistan Youth Leaders Assembly) trabaja por el empoderamiento de mujeres y jóvenes desde 2019. Tras la caída de Afganistán, comenzamos a organizar cursos online para apoyar a niñas afganas en condiciones extremadamente difíciles. La concienciación internacional es clave para sostener nuestros esfuerzos y ampliar la red de apoyo a través de la educación.

¿Se puede ser mujer musulmana y activista feminista?


Antes que cualquier etiqueta, somos seres humanos. Y como tales debemos ser respetadas y tener acceso a nuestros derechos humanos básicos. No importa si lo llamamos feminismo o activismo: lo importante es que promueva igualdad y justicia para todas las personas.

Educación y exilio: una responsabilidad compartida

La historia de Batol Gholami interpela especialmente a quienes vivimos en contextos donde la educación de las mujeres ha sido conquistada tras décadas de lucha. Nos recuerda que ningún derecho es definitivo y que la indiferencia, a menudo, actúa como una forma silenciosa de complicidad.

La pregunta, por tanto, no es solo qué les ocurre a las mujeres afganas, sino qué estamos dispuestas a hacer para que no queden solas. Porque la defensa de los derechos humanos básicos —la educación, la libertad, la posibilidad de decidir sobre la propia vida— no depende de etiquetas. Llámese feminismo o activismo, solo tiene sentido si promueve igualdad y justicia para todas las personas.

Nota de la editora:

Mirar hacia Afganistán no es un acto de caridad, sino una cuestión de responsabilidad democrática y coherencia feminista. Implica ir más allá de la acogida individual y reforzar una defensa activa de los derechos de las mujeres: sostener la educación de las niñas afganas, amplificar las voces de las mujeres en el exilio, mantener la presión internacional y no normalizar su exclusión.

Conviene recordar, además, que la dignidad y el valor de las mujeres no son ajenos a la tradición cultural ni religiosa de Afganistán. El propio sagrado Corán subraya la igualdad moral entre mujeres y hombres, reconociendo el esfuerzo y la contribución de ambos sin distinción:


No dejo que se pierda la obra de ninguno de vosotros, sea hombre o mujer


La igualdad en dignidad y derechos es un principio humano y universal, y no puede ser negado bajo ningún pretexto. Mientras una sola niña sea castigada por aprender, la lucha por la igualdad seguirá siendo global. Y también nuestra responsabilidad colectiva, aquí y ahora.