Las guerras no afectan a todas las personas por igual. Lo sé por lo que dicen los informes de ONU Mujeres o ACNUR, pero también lo sé por lo vivido. Crecí viendo la guerra en Líbano desde los años 80, y hay algo que nunca cambia: las mujeres siempre pagan un precio más alto, aunque rara vez ocupen los titulares.

No es solo la violencia directa. Es una cadena silenciosa de desigualdades que se intensifica en cada fase: cuando huyes, cuando sobrevives y cuando intentas reconstruir una vida que ya no es la misma. Este artículo pone el foco en Siria, Palestina,y el Líbano, pero la historia es dolorosamente universal.

“La guerra enseñará a los niños a amar la muerte y a odiar la vida” Mahmoud Darwish

Impacto psicológico y social: mujeres marcadas por la guerra

Los conflictos bélicos dejan una huella profunda que va mucho más allá de la violencia visible. La interrupción de la educación obligatoria no solo priva a niñas y adolescentes de conocimientos, sino que rompe su sentido de continuidad, identidad y proyecto vital. La imposibilidad de seguir la educacción obligatoria o seguir formandose significa futuros truncados: menos oportunidades, menor independencia económica y una pérdida silenciosa de referentes y aspiraciones.

En este vacío, muchas familias, movidas por el miedo y la inseguridad, recurren a estrategias de “protección” que en realidad perpetúan la desigualdad, como el matrimonio temprano o forzado. La edad de matrimonio desciende, las decisiones se imponen y el derecho a elegir pareja desaparece.

Todo esto se combina con la fragmentación del tejido familiar —familiares ausentes, duelos no elaborados, desplazamientos constantes— generando traumas complejos: ansiedad crónica, depresión, estrés postraumático y una sensación persistente de pérdida de control sobre la propia vida.

En prácticamente todos los conflictos, este patrón se repite: niñas que dejan de serlo demasiado pronto, mujeres a las que se les niega la posibilidad de construir un futuro propio, y generaciones enteras marcadas por la renuncia forzada a ser quienes podrían haber sido.


Desplazamiento forzado: huir sin dejar de cuidar

Según ACNUR, mujeres y niñas representan aproximadamente el 50% de la población refugiada mundial, pero su exposición a riesgos es desproporcionada. Huir no es escapar: es empezar otro tipo de peligro.

Las he visto caminar con niños en brazos, cargando bolsas, documentos, miedo. Durante los desplazamientos —muchas veces a pie, sin recursos— enfrentan violencia, trata y explotación.

En Palestina, especialmente en Gaza, UNICEF describe familias enteras viviendo en condiciones extremas. Pero son las mujeres quienes sostienen la vida cuando todo colapsa.

En Siria, tras más de una década de guerra, informes de European Union Agency for Asylum documentan matrimonios tempranos como estrategia de supervivencia. Decisiones tomadas por miedo, no por elección.

El caso de Líbano: guerras que no terminan nunca

La historia reciente de Líbano es un reflejo doloroso de cómo los conflictos se acumulan y multiplican la vulnerabilidad, especialmente para las mujeres.

Durante la Guerra del Líbano de 2006, más de un millón de personas fueron desplazadas en pocas semanas, según datos recogidos por Naciones Unidas. Las mujeres, muchas de ellas madres, asumieron el peso de huir, proteger a sus hijos y sobrevivir en refugios improvisados sin condiciones básicas. Yo misma, recuerdo refugios improvisados, escuelas convertidas en dormitorios, tiendas en todas las esquinas de las calles, madres intentando crear normalidad en medio del caos.

En 2024, la escalada de violencia en la frontera sur ha vuelto a generar desplazamientos masivos. Decenas de miles de personas desplazadas internas, muchas de ellas alojadas en escuelas o centros temporales sin infraestructura adecuada.

Hoy la preocupación es mayor. Porque el país ya no tiene reservas. La crisis económica ha vaciado hospitales, ha debilitado las instituciones, ha agotado a la población. La combinación de desplazamiento, pobreza extrema y colapso institucional crea un escenario especialmente peligroso: menos acceso a productos de higiene, mayor riesgo de violencia y una sobrecarga de cuidados que recae casi exclusivamente sobre ellas.

A día de hoy, hay más de 1,1 millones de personas desplazadas forzosamente en el Líbano, y todos los indicadores apuntan a un deterioro rápido de sus condiciones de vida.

“En tiempos de guerra, el amor se convierte en una forma de resistencia” (Nizar Qabbani)


Campamentos de refugiados y centros de acogida: la pérdida de intimidad y dignidad

Los centros de acogida y campos de refugiados suelen estar masificados y mal adaptados a las necesidades específicas de las mujeres. Informes de Comisión Europea y de Human Rights Watch coinciden en señalar la falta de espacios seguros.

Por ejemplo en Líbano, que además de mas de un million de desplazados libaneses, acoge a más de dos millónes de refugiados sirios, muchas mujeres viven en tiendas o alojamientos improvisados. Muchas mujeres viven en tiendas sin separación, sin privacidad, sin protección, lo que aumenta el riesgo de acoso y violencia sexual.

La ausencia de baños privados o separados es uno de los problemas más recurrentes. En numerosos campos documentados por ONU Mujeres, las mujeres evitan beber agua durante el día para no tener que usar instalaciones inseguras por la noche. Esta práctica, aparentemente pequeña, tiene consecuencias graves para la salud.


Higiene menstrual: una emergencia invisible

Uno de los aspectos más ignorados en los conflictos es la gestión de la menstruación. Según UNICEF, millones de niñas carecen de acceso a productos básicos de higiene menstrual en situaciones de emergencia.

En comunidades refugiadas en contextos bélicos, muchas mujeres recurren a telas reutilizadas sin condiciones sanitarias adecuadas, lo que incrementa el riesgo de infecciones como vaginosis bacteriana, candidiasis o infecciones del tracto urinario. A esto se suman otros problemas frecuentes como irritaciones cutáneas, dermatitis o incluso complicaciones más graves cuando no se tratan a tiempo.

La falta de intimidad para cambiarse o lavarse convierte un proceso biológico natural en una fuente constante de ansiedad, vergüenza y malestar físico. Esta situación se agrava aún más por la falta de acceso a consultas médicas, especialmente en ginecología, así como por la ausencia de tratamientos adecuados, lo que cronifica problemas de salud que en condiciones normales serían fácilmente prevenibles o tratables.


Embarazo y maternidad en contextos de guerra

Dar a luz en guerra no debería existir. Sin embargo, es una realidad constante.

Dar vida en medio de la destrucción es una de las experiencias más duras y menos visibilizadas. Según UNFPA, alrededor de 60% de las muertes maternas evitables ocurren en contextos de crisis y conflicto.

Muchos informes recientes describen partos sin anestesia, cesáreas sin condiciones adecuadas y mujeres que dan a luz en refugios improvisados.

Una nueva vida empieza, pero sin garantías


Enfermedades crónicas y acceso limitado a la salud

Las mujeres con enfermedades crónicas —diabetes, hipertensión o cáncer— enfrentan un riesgo extremo en contextos bélicos. La interrupción de tratamientos es una de las principales causas de mortalidad indirecta en conflictos.

En muchos casos las infraestructuras sanitarias han sido dañadas o destruidas, o evacuadas, o la pacientes no tienen los medios para llegar, o hay un bloqueo sobre el abastesimientos en medicinas añadendo la falta de luz e higiene, lo que obliga a miles de mujeres a abandonar tratamientos esenciales.

Hospitales destruidos, carreteras bloqueadas, medicamentos inexistentes. A veces, simplemente no hay luz, ni agua, ni higiene. Y entonces la enfermedad avanza en silencio.


Explotación y violencia sexual: el arma silenciosa

La violencia sexual no es un efecto colateral de la guerra: es una estrategia documentada. ONU Mujeres y Human Rights Watch han denunciado su uso sistemático en múltiples conflictos. Varios informes recogen testimonios de mujeres refugiadas que cuentan haberse visto obligadas a intercambiar favores sexuales por alimentos o protección.

En rutas de desplazamiento desde Siria o dentro de Palestina, mujeres y niñas son especialmente vulnerables a redes de trata, explotación laboral o abusos dentro de los propios entornos de acogida.


El peso invisible: sostener la vida dentro de la crisis

Más allá de la violencia física, existe una carga invisible: el cuidado. Las mujeres asumen la responsabilidad de sostener la vida: cuidar a menores, ancianos y personas enfermas, incluso cuando ellas mismas están al límite.

Según UNICEF, esta sobrecarga tiene consecuencias directas en la salud mental y física de las mujeres, incrementando niveles de estrés, depresión y agotamiento extremo.

Pero nadie les pregunta cómo están.


“Cuando la justicia desaparece, la paz se convierte en una ilusión”. (Ali Shariati)

Conclusión: la guerra también tiene género

Hablar de vulnerabilidad es quedarse corto. Esto es desigualdad estructural.

La guerra amplifica todo lo que ya estaba mal. Y deja a mujeres y niñas en el centro del impacto, pero en los márgenes de la respuesta.

La guerra no solo destruye territorios, sino que profundiza desigualdades ya existentes, dejando a mujeres y niñas en una situación de riesgo constante.

La verdad es esta: sabemos lo que está pasando. Lo hemos visto, lo hemos documentado, lo hemos vivido.

La pregunta ya no es qué ocurre.
La pregunta es cuánto tiempo más vamos a permitirlo.


Alnisa Mujeres

Fuentes de información y datos:

  • ONU Mujeres – Informes sobre mujeres en conflictos armados y violencia de género
  • ACNUR – Datos globales sobre desplazamiento forzado y población refugiada
  • UNICEF – Informes sobre infancia, desplazamiento y condiciones humanitarias
  • UNFPA – Salud reproductiva y mortalidad materna en crisis
  • Comisión Europea – Informes sobre refugiados y condiciones de acogida
  • European Union Agency for Asylum – Análisis sobre solicitantes de asilo y vulnerabilidades
  • Human Rights Watch – Informes sobre abusos y violencia en contextos de guerra