Alnisa tuvo la suerte de conocer a una mujer que habita entre mundos: donde la ciencia se encuentra con la sensibilidad, la técnica dialoga con la palabra y las raíces amazigh se entrelazan con la vastedad de la experiencia global. Su historia es un puente entre culturas, sueños y conocimientos, y merece ser leída, vivida y celebrada.

Sali: Soy Saliha Bouasfour, aunque mis amigas me llaman Sali. Nací en Rosas, un pueblo de la costa catalana, en el seno de una familia de inmigrantes que dejó atrás un pequeño pueblo de montaña en Nador, Marruecos. Mis padres llegaron buscando un futuro mejor, porque en su tierra había muy pocas oportunidades. Mi padre vino a finales de los setenta, justo cuando caía la dictadura, y poco después, cuando logró asentarse, pudo traer a mi madre.

Me encanta viajar, leer, pasear por la playa o perderme en la montaña, pero también descubrir y reconectar con mi cultura amazigh, que siento como una parte esencial de quién soy. Académicamente, estudié un doble grado en Ingeniería Electrónica Industrial e Ingeniería Eléctrica, y hoy trabajo como desarrolladora web, un camino profesional que me apasiona y que nunca hubiera imaginado de niña.

¿Qué importancia se daba a la formación en tu casa? ¿Por qué Sali es ingeniera?

Sali: El concepto de universidad empezó a tomar forma en mi vida cuando aún estaba en secundaria. Mis primas habían optado por la formación profesional, pero a mi hermana sus profesores la animaron a presentarse a la selectividad porque era una gran estudiante. Ella fue la primera en dar el paso hacia la universidad, y gracias a eso en casa comenzamos a hablar en serio de estudios superiores.

Yo soñaba con ser maestra o veterinaria, y tenía muy claro que debía esforzarme al máximo: quería sacar las mejores notas posibles para poder acceder a cualquier programa, aunque exigiera una nota muy alta.

Recuerdo perfectamente un momento decisivo. Tenía 14 años, estaba en tercero de la ESO, cuando un profesor y un grupo de estudiantes de la Universidad de Girona visitaron mi instituto y organizaron talleres de robótica. Me quedé absolutamente fascinada: con solo un par de instrucciones en un ordenador, aquel robot recorría toda una pista. En ese instante lo sentí con una claridad inmensa: yo quería ser ingeniera. Desde entonces, nunca dudé de ese camino.

Lo que más me atraía de las matemáticas era su lógica. Me encantaba jugar con los números porque, una vez que los entendías, podías resolver un mismo problema de distintas maneras. Para mí, las matemáticas tenían una lógica flexible. La tecnología también me apasionaba, porque es un campo inmenso que impacta en muchos aspectos de la vida, especialmente en la robótica, que siempre me ha fascinado. Por eso tuve claro que quería estudiar una ingeniería que incluyera la robótica, y así nació mi decisión de cursar un doble grado durante cinco años de universidad.

El camino no debió de ser fácil. ¿Quién te sostuvo cuando dudabas de ti misma o cuando las notas se volvían una carga pesada? ¿Y quién fue tu referente fuera de casa?

Sali: En secundaria, en la ESO y el bachillerato, cuando alguna nota no iba bien y me volvía a la mente el trauma de la palabra “tonta”, siempre me refugiaba en mis padres. Ellos me tranquilizaban y me recordaban que un suspenso no significaba nada, que en el próximo examen lo haría mejor. Mi hermana, en cambio, siempre fue buena estudiante; gracias a ella aprendí a tener más disciplina y a mejorar tanto en la lectura como en otras materias.

Tuve también una profesora en secundaria que supo ver en mí algo más que una alumna aplicada: valoraba mi capacidad de análisis y la rapidez con la que resolvía problemas. Siempre me repetía que, con disciplina y esfuerzo, podría cursar cualquier carrera científica que me propusiera, porque tenía una facilidad natural para las matemáticas. Sus palabras fueron una brújula en una etapa en la que aún dudaba de mis posibilidades, y me hicieron creer que la ciencia también podía ser un camino para mí.

En la universidad éramos pocas chicas, pero supimos apoyarnos y creamos un círculo de confianza entre nosotras. Fueron años intensos: viví momentos de enorme disfrute, pero también de mucho sufrimiento. Los proyectos parecían no tener fin, y mi vida oscilaba entre mi casa y la universidad. Esa fue mi rutina: estudiar, estudiar y entregar.

Con el tiempo tuve la suerte de colaborar en un centro de robótica submarina y también en el sector aeroespacial, en una empresa española que fabrica cohetes. Fueron experiencias, aunque breves, que me permitieron trabajar con grandes compañías en las que jamás hubiera imaginado estar.

Mi madre y mi hermana fueron mi mayor sostén. Con su apoyo y su cariño se aseguraron de que no me rindiera y de que llegara hasta el final. Ellas me decían: “Queremos que acabes la carrera y luego decidirás qué quieres hacer, pero esta carrera te dará muchas oportunidades en la vida”. Y tenían razón.

Después seguí formándome, hice cursos en programación web y hoy en día me dedico a ello. Ser ingeniera no fue solamente un título: fue la manera de demostrarme a mí misma que la perseverancia abre puertas insospechadas. Y hoy, cada línea de código que escribo, cada proyecto que desarrollo, es también una forma de honrar a aquella niña de 14 años que, viendo un robot moverse en un aula, decidió que la ingeniería sería su vida.

¿Cómo se ha construido tu identidad? Imagino que, como hija de una familia inmigrante, no siempre fue fácil adaptarse a un nuevo idioma, a otra cultura e incluso a ciertas limitaciones en cuanto a recursos u oportunidades.

Empecé a valorar la educación con 6 o 7 años, cuando descubrí lo que significaba aprender a leer, a escribir, a hacer sumas o divisiones. Además de las matemáticas, también me gustaban las manualidades y la música. Al principio todo me resultaba difícil. Recuerdo especialmente el día en que una maestra, delante de toda la clase, me dijo que yo era tonta porque no sabía leer con fluidez ni sumar dos números. Sentí una vergüenza enorme, como si me hubieran señalado delante del mundo entero; fue un golpe duro que me dejó muy triste y me hizo dudar de mí misma.

Pero cuando llegué a casa y lo conté, encontré justo lo contrario. Mis padres me dieron calma y confianza. Me dijeron que lo importante era estudiar, valorar la educación, aprender matemáticas, leer y escribir, porque sin eso la vida se complica demasiado. Restaron importancia a aquel comentario cruel y me recordaron que, con esfuerzo y constancia, yo también podía lograr una buena formación. Esa diferencia entre la humillación en la escuela y el aliento en casa me enseñó a no rendirme y a seguir adelante.

¿De qué manera crees que las vivencias de tus padres influyeron en tu forma de ser, pensar y valorar la educación?

Mi madre es la mayor de sus hermanos y, desde muy joven, asumió el papel de cuidadora: se ocupaba de sus hermanos menores, de sus abuelos y ayudaba a sus padres en el campo. Nunca tuvo la oportunidad de ir a la escuela.

Mi padre, en cambio, sí cursó la primaria, pero tuvo que dejarla pronto para ponerse a trabajar, ya que su familia no podía costear la secundaria. Siempre cuenta, con cierto orgullo y melancolía, que en el colegio lo sentaban en la primera fila, la llamada “fila de honor”. En su pueblo, en aquella época, se reservaban esos primeros pupitres para los alumnos más brillantes, con la idea de que allí podrían concentrarse mejor y llegar más lejos en los estudios. Esa primera fila representaba la confianza de la comunidad en que esos niños abrirían nuevos caminos.

Mi hermana y yo fuimos las primeras en la familia en alcanzar estudios universitarios, y ese logro lo llevamos también en nombre de quienes no tuvieron esa oportunidad. Mi madre, a pesar de no saber leer ni escribir, es una mujer profundamente sabia, con un amor inmenso por la cultura, el conocimiento y el aprendizaje. Estoy convencida de que, si hubiera tenido la posibilidad, habría brillado como alumna: aplicada y comprometida, con la misma fuerza con la que ha guiado nuestras vidas. En nosotras, de algún modo, se cumplen los sueños que a ella le fueron negados.

ⵉⵙⵎⵓⵍ ⴰⵙⵎⵎⴰⵔ ⵉⵙ ⵜⵓⵙⴻⵍⵍⴰⵜ ⵏ ⵜⵎⴰⵣⵉⵖⵉⵏ

Ismul asmmar is tusellat n timazighin

El saber es la lámpara de las generaciones amazigh

Mi padre soñaba con ser maestro, pero no pudo lograrlo. Uno de los grandes obstáculos era la distancia: debía caminar 5 kilómetros para llegar a la escuela y otros 5 para regresar. Mi madre ni siquiera tuvo esa posibilidad, y siempre repetía que su vida habría sido muy diferente si hubiera tenido la oportunidad de estudiar. Ella siente que su sueño se está cumpliendo a través de nosotras y se muestra profundamente orgullosa de ver que sus hijas han alcanzado la vida que a ella ni siquiera le fue permitido imaginar.

Por eso reconozco y agradezco las oportunidades que he tenido al vivir aquí, en España, pero sobre todo los sacrificios y el trabajo duro de mis padres, que hicieron posible que hoy yo pueda recorrer caminos que para ellos estuvieron cerrados.

¿Quiénes fueron esas maestras, mentores o personas clave que se convirtieron en faros en tu camino académico y personal?

Sali: Tuve la fortuna de encontrarme con muchas profesoras maravillosas que me apoyaron, me animaron y me impulsaron a seguir adelante. Con algunas incluso mantengo amistad después de tantos años.

Quiero destacar especialmente a mi profesora de primaria, María Rosa. Era una persona que transmitía comprensión, serenidad y apoyo; me animaba constantemente y era como una brisa fresca en el aula. Fomentaba el diálogo entre los alumnos porque entendía muy bien los retos y dificultades que enfrentábamos los hijos e hijas de inmigrantes.

También quiero mencionar a mi profesora de francés en secundaria, que me marcó profundamente. Me felicitaba por mis buenas notas y siempre me repetía que tenía capacidad para lograr lo que me propusiera. Al mismo tiempo, me recordaba que no era necesario —ni posible— ser la mejor en todo. Sus palabras me quitaban presión y me daban tranquilidad, sobre todo en época de exámenes. Nos enseñaba a no obsesionarnos con la perfección y a valorar la parte creativa, incluso en la imperfección. Como también era profesora de arte, transmitía esa libertad de expresión. La quise mucho como maestra, y aún hoy sigo en contacto con ella.

ⵜⴰⵎⴰ ⵜⴰⵡⵉⵏⴰⵏⵜ ⵜⴰⴳⵔⴰⴷⵜ ⵏ ⵜⵉⵎⴰⵣⵉⵖⵉⵏ
Tama tawinant tagrad n timazighin
La madre es el pilar de las generaciones amazigh

Sali: Hay una persona que es mi fuente de inspiración y es mi yemma. Una mujer entrañable que guarda miles de historias como si fueran secretos a voces, una cuentacuentos excelente, una aventurera innata, con una conexión con la naturaleza que es innegable, y una larga lista de virtudes que admiro y espero poder heredar. Pero sobre todo me gusta impregnarme de este atrevimiento y resiliencia fluida que tiene ante la vida. Yemma, ¡siempre serás mi hogar!

¡Muy interesante Sali! Al escuchar tu historia, veomos un camino lleno de esfuerzo, sacrificio y descubrimientos, pero también de sueños cumplidos. Ser ingeniera no fue solo una elección académica: fue la manera de conectar tu curiosidad con la posibilidad de transformar el mundo a través de la ciencia y la tecnología.