Soy Shaima, soy una persona profundamente familiar: soy hija, soy hermana y mi refugio favorito en el mundo siempre es el tiempo compartido con los míos. Nací en España, un país que siento mío y del que formo parte, pero llevo con inmenso orgullo el origen marroquí de mis raíces. Mi bandera y mi cultura no son algo que guarde en privado; las alzo con la cabeza bien alta porque forman parte de quien soy. Me gusta demostrar que la España de hoy es diversidad y que no existen identidades excluyentes: aunque mi nombre, Shaima, pueda sonar «ajeno» a la tradición española más clásica, la realidad es que se puede ser plenamente musulmana y plenamente española a la vez. Tener un origen extranjero no es un lastre ni una amenaza; al contrario, es una riqueza cultural que nos expande la mente y la empatía.


En lo profesional, soy abogada laboralista, mediadora, futura criminóloga y una persona comprometida con la realidad social. Si tuviera que resumir qué me mueve, es la incapacidad de quedar impasible ante la desigualdad. Por eso entiendo el Derecho no como un despacho o una toga, sino como la herramienta real para defender la dignida de los trabajadores, romper estereotipos y demostrar que la diversidad nos hace más fuertes como sociedad.

¿Cómo nació tu pasión por el derecho y la defensa de derechos laborales?


Mi pasión por el Derecho nació casi por intuición desde que era muy pequeña. Recuerdo decir en el colegio que quería estudiar Derecho cuando ni siquiera comprendía del todo lo que implicaba la carrera o qué significaba realmente ser abogada; era una certeza que llevaba dentro sin saber explicarla. Sin embargo, al empezar los estudios universitarios me asaltaron las dudas que creo que nos persiguen a muchas personas con vocación social: «¿Realmente Derecho es
lo que quiero? ¿Seré suficiente como abogada? ¿Podré ayudar de verdad a la gente o esto servirá de algo?». Eran preguntas que pesaban mucho en ese camino inicial.

Hoy en día, en mi ejercicio diario, he encontrado todas las respuestas. Cada vez que me reúno con un cliente, cada vez que nos preparamos para un juicio y veo cómo se relaja su rostro, me doy cuenta del impacto de nuestro trabajo. He aprendido que, en la mayoría de las ocasiones, las personas no buscan únicamente «ganar por ganar»; lo que necesitan desesperadamente es sentirse acompañadas, apoyadas y verdaderamente escuchadas en un momento de vulnerabilidad. Especialmente en el ámbito laboral, donde lo que está en juego es el sustento y la dignidad de las familias, me gusta entender mi profesión no solo como la aplicación de leyes, sino como un refugio. Gran parte del trabajo de la abogacía es ser ese pilar
humano de calma y respaldo en el momento más difícil de alguien. Ese es el sello con el que elijo ejercer cada día.

¿Qué papel desempeñó tu familia en tu educación y en tus decisiones profesionales?

Mi familia lo ha sido absolutamente todo; son el cimiento de cada paso que doy. Vengo de una familia humilde y profundamente trabajadora. Mis padres nacieron en Marruecos y llegaron a España hace más de 35 años. Mi padre trabajó como obrero y en el sector de la limpieza, y mi madre fue empleada del hogar y limpiadora toda su vida. Ellos no tuvieron las oportunidades educativas que nosotros hemos tenido: mi padre pudo sacarse el graduado escolar, pero mi madre jamás tuvo la oportunidad de estudiar.

Precisamente por eso, la gran misión de la vida de mi madre fue trabajar incansablemente para darnos a sus hijos lo que a ella la vida le negó. Trabajaba turnos larguísimos, sacrificando tiempo con nosotros, para garantizar que jamás nos faltara un
libro, un lápiz o un material escolar. Recuerdo perfectamente cómo nos quitaba de hacer cualquier tarea en casa; su frase siempre era: «Vuestra única obligación es estudiar». Nunca nos impuso qué carrera elegir, solo quería que fuéramos felices y que aprovecháramos esa oportunidad que a ella le fue arrebatada por las circunstancias.

Además, mi madre siempre ha sido una fuerza de la naturaleza. A pesar de venir de fuera y no haber ido al colegio, aprendió sola a gestionarlo todo: pedir citas médicas, trámites en el colegio, papeleo administrativo… Se buscaba la vida como nadie, es una mujer resolutiva y luchadora. Siempre le digo de broma que es abogada sin título, y estoy convencida de que, inconscientemente, ver su astucia, su capacidad de resolución y su lucha diaria me inspiró a ser la profesional que soy hoy. Les debo todo lo que soy.

De hecho, hay una anécdota preciosa que me marcó: cuando en mi familia vieron que mi sueño de graduarme se iba a hacer realidad, mi madre dijo un día entre risas, sin ánimo de presionar: «Ojalá te hagas abogada y defiendas los derechos de los trabajadores». Dicho y hecho. Fue como si Allah la hubiera escuchado directamente: a partir de ese momento, mi camino se fue iluminando y las puertas se fueron abriendo de forma casi natural para dirigir me, precisamente, a ser abogada laboralista. Mi carrera es, en realidad, el homenaje a sus vidas.

¿Qué obstáculos has tenido que superar para llegar hasta donde estás hoy?

El verdadero reto en mi caso ha estado más bien en las barreras invisibles y en la falta de una tradición jurídica en mi entorno familiar. Ser la primera abogada de mi casa significó adentrarme en un mundo cuyos códigos no conocíamos. El sector legal sigue siendo un ámbito donde las redes de contactos, las dinámicas familiares y los despachos que pasan de generación en generación tienen un peso enorme. Empezar sin ese colchón de influencias te obliga a construir tu camino desde la casilla de salida, respaldándote exclusivamente en el rigor, las horas de estudio y la demostración constante de tu valía profesional.
Por eso, el papel de mi familia ha sido el pilar fundamental para sostener todo ese proceso.

Soy muy consciente de la suerte que he tenido y lo valoro enormemente, porque sé que no todos los jóvenes de familias migrantes cuentan con ese respaldo. En muchos hogares la presión económica o las necesidades del día a día obligan a tomar otros caminos. En mi casa, mis padres hicieron un esfuerzo inmenso y se dejaron la piel sacrificando su propio bienestar para que tuviéramos la oportunidad de formarnos sin trabas. Ver hoy los frutos de todo ese sacrificio y compartir la profesión con mi hermana, que también se acabó colegiando un año después que yo, es uno de los mayores orgullos de mi vida.

Uno de los mayores retos ha sido gestionar la autoexigencia y el síndrome del impostor. Cuando eres la primera persona de tu familia en entrar en un ámbito profesional determinado, sientes una gran responsabilidad hacia quienes han hecho posible tu camino. Aprender a aceptar el error como parte del aprendizaje ha sido una de las lecciones más importantes de mi trayectoria.

¿Crees que la independencia económica es un elemento importante para que una mujer pueda elegir libremente su camino?

No es que sea importante: es la base indispensable de cualquier libertad real. Se nos llena muy rápido la boca hablando de emancipación, de autonomía y de tomar las riendas de tu vida, pero la realidad cruda es que sin independencia económica no existen decisiones plenamente libres, solo existe un margen de maniobra condicionado por la necesidad. A lo largo de mi trayectoria he podido comprobar en infinidad de ocasiones cómo la falta de recursos propios acaba acorralando a muchísimas personas.

Cuando no cuentas con un respaldo económico propio, te ves obligada a soportar situaciones insostenibles: desde aguantar la precariedad o el exceso de poder en un entorno de trabajo por el miedo paralizante a no poder pagar las facturas el mes que viene, hasta quedarte atrapada en dinámicas personales, de pareja o familiares profundamente disfuncionales simplemente porque no tienes un lugar adónde ir ni los medios para sostenerte por ti misma. La dependencia económica te arrebata la voz; cuando tu supervivencia depende de otro, el poder sobre tu propia vida deja de pertenecerte.

Precisamente por eso, en mi casa este tema nunca fue algo secundario. Mis padres siempre tuvieron una obsesión clarísima con la educación de mis hermanos y mía. Para ellos, que vinieron desde muy lejos y se dejaron la piel trabajando duro, el verdadero éxito no era que acumuláramos títulos por vanidad, sino que tuviéramos una profesión sólida que nos garantizase autonomía. Nos grabaron a fuego una frase que para mí se ha convertido en una máxima de vida: «El día de mañana, cuando nosotros no estemos, no queremos que dependáis de nadie que no seáis vosotras mismas». Supieron ver con absoluta lucidez que la formación y el trabajo eran la única armadura real que podían dejarnos para protegernos en el futuro. La independencia económica no es una cuestión de estatus, sino de dignidad, autonomía y capacidad para decidir libremente sobre la propia vida.

A lo largo de tu trayectoria en España, ¿qué actitudes o valores has encontrado que más te han marcado?

A lo largo de esta conversación hemos hablado mucho de las barreras, del esfuerzo familiar y del camino a veces cuesta arriba que supone abrirse paso siendo hija de migrantes en el sector legal. Pero sería profundamente injusto por mi parte generalizar o demonizar la profesión. La realidad es que ahí fuera hay profesionales de una calidad humana y técnica extraordinaria, personas dispuestas a tenderte la mano y a apoyarte en lo que haga falta, compartan o no tu origen o tus circunstancias.

Esa generosidad no se ve en discursos institucionales, sino en la trinchera del día a día, cuando eres novel, entras a la sala y admites ante la oficina judicial con toda la humildad que es tu primer juicio, la respuesta habitual no es pisarte ni actuar con condescendencia. Al contrario: te encuentras con oficiales o con magistrados que frenan un segundo en mitad del caos para ubicarte, explicarte la dinámica concreta de esa sala y darte el espacio para que te sientas segura. Esos gestos cotidianos valen oro porque nacen de la empatía limpia de quien no ha olvidado que un día también estuvo sentado en tu lugar.

En los estudiantes y las generaciones más jóvenes con las que me cruzo, lo que más me impacta es que no vienen con actitud derrotista ni pidiendo perdón. Veo a gente preparadísima, con una cabeza jurídica brillante, una vocación intacta y las ideas clarísimas: no vienen a amoldarse a inercias rancias ni a pasar por el aro, sino a aportar una visión del Derecho mucho más humana, técnica y pegada a la realidad social. Y, por supuesto, de mis colegas de profesión me quedo con el compañerismo real, el de verdad.

En un entorno que a veces peca de egocéntrico, tener a compañeros a los que puedes llamar a cualquier hora para destripar una estrategia compleja, contrastar un criterio o pedir un favor en sala vale infinitamente más que cualquier medalla o reconocimiento. Esos valores (el rigor, la generosidad de compartir el conocimiento, la lealtad entre iguales y el respeto que te ganas trabajando) son los que realmente me han marcado y los que demuestran la verdadera dignidad de esta profesión.