Por Alnisa
Madrid.
No todas las mujeres que sufren violencia piden ayuda.
Y no todas las que piden ayuda encuentran un lugar donde quedarse.
En lo que va de 2026, solo en Murcia, casi 200 mujeres han acudido a servicios municipales especializados en violencia de género.
Las cifras crecen. La atención también.
Pero hay una pregunta que sigue sin respuesta:
¿quiénes siguen sin llegar?
Un estudio que ya lo había contado todo
Hace unos años, el proyecto Mujeres Tras el Velo puso palabras a una realidad invisible.
Más de 500 entrevistas —300 a mujeres musulmanas— revelaron algo más profundo que la violencia: revelaron el silencio.
- Un 21% no respondió si había sufrido discriminación
- Casi 150 mujeres evitaron identificar a su agresor
- Muchas no habían migrado por decisión propia
No era falta de datos.
Era falta de condiciones para hablar.
Hoy, en 2026, esos silencios siguen intactos.
Una violencia que no se detiene
Los datos actuales no permiten complacencia.
En 2025, 49 mujeres fueron asesinadas por sus parejas o exparejas en España, lo que equivale a una cada semana.
El patrón se repite:
- el 80% convivía con su agresor
- la mayoría de los crímenes ocurre en el hogar
- pocas habían denunciado previamente
Y mientras tanto, el sistema sigue mostrando grietas.
Incluso desde dentro se reconoce:
“Hay veces que el sistema ha fallado a estas mujeres”
Ser mujer, migrante y musulmana: una triple barrera
Para muchas mujeres musulmanas, la violencia no es solo una experiencia privada.
Es un cruce de estructuras.
En España, casi la mitad de la población de origen árabe afirma haber sufrido discriminación en ámbitos como empleo, vivienda o sanidad.
Y esa discriminación tiene género.
Porque no es lo mismo ser migrante que ser mujer migrante.
Ni es lo mismo ser mujer que ser mujer musulmana.
Las barreras se acumulan:
- dependencia económica
- dificultades administrativas
- presión familiar o comunitaria
- desconocimiento del sistema
- miedo a reforzar estereotipos racistas
El resultado es devastador:
muchas mujeres no denuncian, no acceden, no confían.
El problema invisible: el acceso
España tiene recursos.
Teléfonos, juzgados, protocolos, campañas.
Pero el acceso real sigue siendo desigual.
El propio sistema, diseñado desde una mirada general, no siempre contempla:
- mediación cultural
- atención en lengua materna
- comprensión del contexto religioso
- espacios verdaderamente seguros para mujeres que viven entre dos mundos
Y cuando una mujer siente que no será entendida, no vuelve.
Entre el racismo y el silencio
Hay una tensión incómoda que atraviesa este debate.
Hablar de violencia en mujeres musulmanas puede ser instrumentalizado por discursos islamófobos.
Pero no hablar de ello perpetúa la invisibilidad.
La realidad es más compleja:
Los datos muestran que la violencia de género no pertenece a una cultura concreta, sino que atraviesa toda la sociedad.
Pero las condiciones para escapar de ella no son iguales para todas.
Y ahí es donde falla el sistema.
La urgencia de un espacio propio
En 2026, la conclusión es inevitable:
No basta con que existan recursos.
Hace falta que sean accesibles, confiables y culturalmente competentes.
Cada vez más expertas y asociaciones coinciden en una necesidad urgente:
👉 crear espacios específicos para mujeres musulmanas donde puedan denunciar sin miedo.
Espacios que integren:
- confidencialidad real
- mediadoras culturales
- acompañamiento jurídico y emocional
- comprensión de las dinámicas familiares y migratorias
Espacios donde el primer paso —hablar— no sea el más difícil.
Una deuda que sigue pendiente
El diagnóstico ya existe desde hace años.
Las cifras siguen actualizándose.
Las historias, repitiéndose.
Lo que falta no es información.
Es decisión.
Porque mientras no exista un lugar donde todas las mujeres puedan hablar con seguridad,
los estudios seguirán acumulando datos…
y los silencios seguirán llenando los márgenes.
Alnisa: donde las historias sí tienen espacio
Este reportaje no es solo una denuncia.
Es una posición.
En Alnisa creemos que contar estas historias no es suficiente.
Hay que abrir espacios para que se cuenten solas.
Porque una mujer que no habla no es una mujer sin voz.
Es una mujer sin lugar seguro.
Y en 2026, eso ya no debería ser aceptable.